NOCHE Y MISTERIO de Leandro Rodríguez Velardo

Hay versos que rompen corazones, palabras inspiradas que salen de lo más profundo del alma y envuelven en una nube al deseado.

Hay palabras que se lleva el viento porque no azuzan, ni provocan el cambio en el corazón amado, sino obstinación.

A veces las gentes sienten un deseo de reunirse en la noche y respirar hasta los adentros un ambiente distinto que los saque de su sopor y amargura, ambiente no viciado por música eléctrica, humo constante y sustancias que dejan estupefacto.

Noche que se hace larga y llena de emoción porque se provoca un contraste intenso entre el frío penetrante y el calor de la muchedumbre. Noche especial, arropada por niebla, la cual hace que la imaginación fecundada por el lugar en que se encuentra, produzca cambios en la visión y traslade al soñador a tiempos antiguos.

Plaza medieval donde un argentino que evoca con sus ropajes a un antiguo mercader, vocea desde su puesto que aquellos objetos que vende son los más preciosos, al bañarlos la luna con sus rayos, que sólo el fino cuello de mujeres hermosas y peculiares, los puede albergar.

Hay risas, murmullos… bebe la gente en bota vino que calienta y el olor de las viandas hechas este día en lumbre de leña, desentraña el hambre de los adentros.

Pasa el tiempo y aprieta el frío, gente que no estando caliente marcha a sus hogares. Van despejándose las calles empinadas y empedradas y quedan los seres cálidos y ardientes. Son corazones que escrutan y paladean una realidad distinta. La niebla desaparece, se disminuye la intensidad del vocerío y van encontrándose entre ellos, soñadores y soñadoras para los que las estrellas que han aparecido ahora, muestran un destino y una senda diferente al resto.

Hombres y mujeres a los que el corazón da un vuelco y palpita con intensidad al conocerse. Una voz que sirve de señal, detiene el tiempo y envolviendo la niebla esa antigua parte en su totalidad, el amor surge.

Noche y alba casi se tocan. Como evaporándose los pocos que permanecían, quedan los amantes perfectos, a los que los rayos del sol iluminan. Lluvia que de repente se conjuga con la luz y los despierta para que por esos vericuetos desaparezcan de la ciudad normal.

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